—Es preciosa
—se dijo para sí el hombre de la barra cuando vio entrar
a la rubia en el bar.
Mientras lo pensaba, y de forma simultánea,
esas mismas palabras se escribieron en el aire,
haciendo público su pensamiento letra a letra,
de modo que cualquiera podía leerlo.
La chica se acercó hasta el hombre de la barra
y puso su boca a un centímetro de sus labios.
Cuando todo indicaba que la mujer iba a besarle,
aquel mundo plano se plegó sobre sí mismo
en una pelota arrugada y terminó en la papelera.

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