viernes, 5 de abril de 2013

Los barrios, a las cuatro de la tarde, huelen a tranquilidad y ropa tendida.


Saben de ese espacio que existe en los relojes de agujas, entre la esfera y el cristal exterior. 
Justo allí, el aire que contiene, se encuentra protegido del paso del tiempo
Tenía un cierto toque de rebeldía inocua, presumía de apolítico, rezumaba populismo.
 La camisa se intuía bajo el jersey. Era de color pardo.
La palabra electromagnético sobre una mesa escolar.
 Las letras hechas de contrachapado, madera barata, serradas con precisión infantil.
 Los profesores, a la hora del café, califican al niño de contradictorio, incluso de iconoclasta.
De como mileurista pasó de ser un adjetivo despectivo a un título nobiliario.
La música de los momentos, del Glen Grant del 77, del mecanismo pobremente calibrado del reloj de pared. Esa es la que permite encontrar la forma de traer los sueños al presente para contar lo indescifrable de los abismo del pasado.
Capitalismo, cimientos de palacios sobre terrones de tierra seca.
Un niño sordomudo. Su padre ha inventado un sistema de comunicación único y preciso,
 una especie de morse con un coco. 
Es el único interlocutor del crío, y de vez en cuando, le engaña cambiando el nombre a las cosas. Una pequeña perversión paterna, no puede evitarlo.
-Cómo pudieron permitir que se repitiera?
-Los que lo vimos venir éramos demasiado pocos y además no hicimos nada o lo hicimos tarde.
 El resto se echó en brazos de sus verdugos gustosamente,
 confió la extinción a los propios pirómanos.
-No se daban cuenta?
-La mayoría no, por una peligrosa mezcla de ignorancia, miedo y necesidad.
 Además sustituyeron hábilmente los uniformes por trajes, la dictadura por teocracia
el lebensraum por guerras contra el tercer mundo.
 Lo peor de todo es que algunos, aún siendo conscientes, colaboraron arduamente en aquella locura.
-Maldad?
-Y cobardía. La mayoría, y esto que no se te olvide, prefiere la amable comodidad del esclavo 
a la maravillosa aventura de la revolución. 
Además aquella promesa de subvencionar las teles en 3D tuvo mucho éxito entre la gente.
Una señora muy aficionada a los diminutivos condescendientes: negrito, mariquita, huerfanito. También le agradaban las cajitas coleccionables de los kioskos.
 En ellas guardaba los dientecitos de sus pequeñas víctimas.
Los barrios, a las cuatro de la tarde, huelen a tranquilidad y ropa tendida.