
Nadie me sabe decir cómo ha llegado hasta ahí, sola.
Yo tampoco sabría, la verdad.
Cuando me senté en el banco con la pistola en el regazo no estaba:
lo juro, de otra forma habría oído su llanto agudo y persistente.
De hecho, tampoco soy consciente del momento en el que ha empezado a llorar. ¡Yo qué voy a saber! La gente pasa rápida por nuestro lado.
Algunos paran, la miran, me miran y mascullan algo ininteligible.
Sacuden la cabeza y aprietan los labios, como para que no se les escape la vida.
Luego agachan la cabeza y continúan su camino.
Yo, inmóvil junto al moisés, pienso en qué hacer con ella
La vida, ¡ah, la puta vida!
Enciendo mi último cigarrillo y lo apago de inmediato al sentir miradas de condena como alfileres en los ojos.
¡Así no hay quién pueda!
Ya he tomado una decisión:
mañana me voy a suicidar a otra plaza.